Adelanto The Funmabulist “Territorios Ocupados” / LA COMPLEJIDAD CULTURAL DE UN OBJETO VESTIBLE: LEILA AHMED SOBRE EL HIJAB

Adelantamos aquí una de las traducciones que publicamos en Territorios Ocupados, lo primero de Leópold Lambert / The funambulist en castellano. Próximamente disponible para descarga completa!

Pd. Las que anden por València, curso de Islamofobia de género en la Tetera

LA COMPLEJIDAD CULTURAL DE UN OBJETO VESTIBLE: LEILA AHMED SOBRE EL HIJAB.

Enero de 2014

Texto en inglés original

En el 2004, el gobierno francés presidido por Jacques Chirac diseñó una ley que obtuvo la aceptación mayoritaria más grande de su periodo administrativo en el Parlamento (494 votos a favor, 36 en contra). Esta legislación prohibía el uso en la escuela de cualquier signo o ropa que manifestara “ostensiblemente” la religión a la que pertenecía el cuerpo que lo utilizara. Los políticos franceses declaraban juntos, casi al unísono, que la ley no se dirigía específicamente al hijab de las jóvenes musulmanas sino a todos los signos religiosos1. El debate alrededor de esta ley –que no fue en el Parlamento y rozó la unanimidad– develó una intelectualidad en Francia que usaba lo secular como algo sagrado, calificando a todas las que se opusieran como “anti-feministas”. El hecho de que esta gente se proclame a sí misma feministas mientras fuerzan a otras mujeres a descubrirse el rostro puede parecer paradójico. La negativa a integrar cualquier tipo de complejidad en su forma de pensar revela que sus argumentos estaban basados más en una islamofobia visceral –que pulula hoy en día en el mundo occidental– que en un entendimiento verdadero de aquello que subyace a este pedazo de tela.

La primera operación mental de una reflexión sobre lo que es un objeto como el hijab consiste precisamente en pensar sus características objetivas: es un objeto diseñado, un pedazo de ropa que puede ser utilizado como gorra, capa o capucha. En un día frío como algunos vividos por los newyorkinos (disculpas por el geocentrismo), casi todos los cuerpos que vemos por la calle llevan algo sobre su cabeza para minimizar la superficie de piel expuesta al aire frío. Permitirme insistir en el hecho de que el hijab, como pieza de ropa, no daña físicamente al cuerpo de ninguna manera.

Ahora, intensifiquemos este objeto atribuyéndole un valor religioso, esto quiere decir : un grupo de personas que forman comunidad y que a través de su fe común escogen una serie de reglas para su comunidad. Una de estas reglas puede ser la asignación/reconocimiento de dos géneros dentro –insisto en el “dentro”– de la comunidad que determine una indumentaria o código de vestir apropiado para estos géneros. Cada uno de los cuerpos a quien estas reglas concierne tiene que plantearse si está dispuesto a aceptarlas para su propio estilo de vida. Resulta difícil que alguien fuera de la comunidad tenga un problema con ello2. Si lo aterrizamos en lo concreto, tenemos una religión llamada Islam frente a la que, tanto la intelectualidad como los políticos occidentales, no hacen esfuerzo alguno por aprender sobre las diferentes comunidades que agrupa internamente. Tan diferentes que a veces están en lucha entre ellas.

En el 2011, la académica egipcia Leila Ahmed escribió un libro llamado A Quiet Revolution: The Veil’s Resurgence, from the Middle East to America. A lo largo del libro, Ahmed explica como ella misma subestimaba la complejidad cultural del hijab antes de comenzar su investigación. Esto muestra que en un país como Egipto, en el que la mayoría de la población es musulmana, el hecho de que en los años cincuenta un número considerable de mujeres se quitaran el velo y que –dos décadas después– las generaciones siguientes comenzaran a usar el hijab, tiene menos que ver con la devoción de estas mujeres o sus familias y más con las diferentes corrientes que se pueden encontrar en el Islam. Por ejemplo la autora del estudio citado atribuye el resurgimiento del velo en los años ochenta a la creciente influencia suní en la organización política y social de los Hermanos Musulmanes. Ahmed basa su investigación en el trabajo realizado por Arlene Elowe Macleod en los ochenta, quien observó que no parecía haber ninguna correlación entre el hábito de vestir y “el incremento de prácticas religiosas” (Ahmed, pág. 121).

Ahmed no menciona el caso de Irán, sin embargo dicho ejemplo es ilustrativo de la nula violencia que contiene el hijab en sí mismo como objeto. Como señaló Mimi Thi Nguyen en un artículo titulado “You Say You Want a Revolution (in a Loose Headscarf)”, el Shah apoyado por Occidente impuso que las mujeres iranís se quitaran el velo en 1936. Después de la revolución de 1979 que llevó a la creación de la República Islámica de Irán, usar velo fue declarado obligatorio para los cuerpos femeninos. Nguyen resume estas dos imposiciones (masculinas) sobre el cuerpo de la mujer: «tenemos que reconocer que tanto el uso forzado del velo como su prohibición operan como edictos disciplinarios de estado – comúnmente establecidos por medios violentos sobre el cuerpo femenino a través de soldados o policías masculinos– en tiempos políticos específicos para moldear instrumentalmente un cuerpo cívico femenino».(Nguyen, 2009)

Es por lo tanto imposible asociar sistemáticamente el hijab con un único componente de su historia, geografía o cultura. Sobre esta idea se extiende la segunda parte del libro de Ahmed que estudia el resurgimiento del velo en Canadá y Estados Unidos tras el 11-S. Confrontadxs con una islamofobia en alza después de los ataques terroristas en Nueva York y Washington en nombre del Islam –realmente uno necesita negar cualquier forma de complejidad para poder asociar estos ataques con una comunidad de mil millones de personas– muchas mujeres sintieron la necesidad de hacer sus identidades visibles como forma de solidaridad y resistencia a pesar del riesgo a agresiones verbales y físicas a las que se sometían. «Lo uso porque entiendo cómo te marca como un objeto para el odio de otra persona…» le comentó una mujer (Ella Singer) a Ahmed. De hecho, formar una comunidad política concreta que resiste a normas antagonistas que la fuerzan dentro de una serie de expectativas categorizadas requiere de algún medio para reconocerse. Esto no quiere decir que el hijab sea el único medio para esto, pero es uno bastante obvio por la forma en que compone un cuerpo público de manera reconocible. Otros testimonios recolectados por Ahmed relatan el sentimiento de libertad que experimentan algunas mujeres al usar el hijab, sumando así una capa adicional de complejidad a esta prenda que sistemáticamente es asociada con la esencia exactamente opuesta.

Ahmed termina su libro insistiendo en algunos trabajos feministas en curso que han sido emprendidos por mujeres (con hijab o sin) desde dentro del Islam. Este último capítulo es fundamental ya que reconoce la existencia evidente de temas –muchos de ellos con relación al género– creados por interpretaciones oportunistas del Corán. Interpretaciones que ilustran también cómo estos problemas son abordados directamente desde dentro, independientemente de los fetiches (como el hijab) enarbolados e imaginados por la prensa y los políticos occidentales para desarrollar una ideología colonial. Aparatos “desde fuera” como la ley en el caso de países con una población musulmana minoritaria no tienen ninguna posibilidad de cambiar estas cuestiones. Así, sólo designan demagógicamente a una comunidad como problemática y, por lo tanto, la excluyen de facto de la sociedad.

 

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